Preguntar dónde estaba la feria puede abrir una conversación familiar que dure toda la tarde. Para unos, San Lucas tiene el paisaje de los antiguos recintos; para otros, resulta inseparable de La Vestida.
Esos recuerdos no se contradicen. Cada generación conserva la geografía de la ciudad que conoció cuando empezó a ir a las atracciones.
La historia del ferial es también la historia de una actividad que necesitó encontrar espacio. Los mercados y los festejos compartieron durante mucho tiempo calles y plazas con la vida cotidiana.
Comercios, viviendas, circulación y concentración de visitantes convivían en un equilibrio difícil, especialmente cuando la presencia de animales añadía necesidades de limpieza y abastecimiento.
La imagen de una feria instalada siempre en el mismo lugar simplifica un proceso mucho más complejo.
El Archivo Municipal enumera numerosos emplazamientos urbanos y recuerda que, en 1778, una disposición real permitió cambiar su ubicación desde la calle Campanas. El movimiento formaba parte de la propia organización de la fiesta.
El centro aportaba visibilidad y cercanía. También imponía límites.
A medida que aumentaban los usos de las calles y cambiaban las exigencias de la población, situar una gran concentración festiva en el corazón urbano requería negociar molestias, recorridos y superficies disponibles.
En el siglo XX, los recintos vinculados a Felipe Arche y La Salobreja adquirieron un lugar destacado en la memoria jiennense. En el recuerdo popular, las atracciones se mezclan con los trayectos a pie, los encuentros y las referencias del entorno.
La feria no se agotaba en el perímetro de un plano: comenzaba a menudo mucho antes de llegar.
El traslado hacia instalaciones más amplias respondió a otra escala de necesidades. Casetas, montajes, servicios y atracciones reclamaban una organización específica.
La Vestida representa esa etapa contemporánea, en la que el ferial funciona como un espacio preparado para recibir una actividad intensa durante unos días determinados.
La relación con el otoño también interviene en esa experiencia.
La posibilidad de lluvia, el tránsito peatonal y el mantenimiento de los suelos recuerdan que un recinto se diseña para ser utilizado, no solo para ofrecer una imagen festiva.
Recorrer estos cambios permite leer Jaén desde una perspectiva poco habitual. Las fiestas revelan qué calles fueron centrales, dónde quedaron solares disponibles y hacia dónde se amplió la ciudad.
Cada antiguo emplazamiento conserva así un patrimonio discreto: el de las experiencias compartidas.
Aunque desaparezcan las casetas y se transforme el paisaje, siguen quedando nombres, fotografías y relatos capaces de devolver la feria a un lugar que hoy cumple otra función.
Redacción JAENEA360




