En el Jaén del siglo XV, organizar una fiesta también era una manera de gobernar. Un banquete, una ceremonia o una exhibición caballeresca podían mostrar autoridad, establecer jerarquías y estrechar relaciones con la población. La figura de Miguel Lucas de Iranzo ocupa un lugar destacado en esa historia: alrededor del Condestable, la ciudad fronteriza conoció una intensa vida ceremonial.
Servidor de Enrique IV y uno de los personajes decisivos de la política local de su tiempo, Iranzo instaló en Jaén una corte cuya actividad ha llegado hasta nosotros a través de su crónica. Sus celebraciones permiten asomarse a una sociedad en la que la representación pública tenía un valor político. La fiesta hacía visible quién mandaba, pero también a quién se invitaba y cómo se distribuía el reconocimiento.
La memoria local ha relacionado los festejos de octubre con la devoción del Condestable por San Lucas. Ceremonias religiosas, encuentros cortesanos y diversiones componían un lenguaje compartido por la nobleza y la ciudad. No conviene imaginar una feria contemporánea trasladada a la Edad Media: eran otras formas de reunión, con protagonistas y significados diferentes.
Ahí reside una distinción fundamental. Que el Condestable impulsara celebraciones no demuestra que fundara la actual Feria de San Lucas. El origen y la evolución de los mercados, las fiestas dedicadas al evangelista y la posterior consolidación de octubre pertenecen a procesos que se cruzan, pero no pueden reducirse a una única decisión personal.
La fuerza del personaje ayuda a explicar por qué la tradición lo convirtió en protagonista de un relato fundacional. Las historias colectivas suelen recordar mejor un nombre y una escena que una larga sucesión de acuerdos comerciales o municipales. Iranzo ofrece una imagen poderosa: una corte activa en una ciudad situada junto a la frontera granadina.
Su asesinato en 1473 interrumpió aquella trayectoria política y personal. Sin embargo, la memoria de sus fastos siguió alimentando una interpretación del pasado jiennense en la que la celebración aparecía asociada al prestigio y al gobierno de la ciudad.
Recuperar al Condestable exige mantener juntas dos lecturas. La primera reconoce su importancia en la cultura festiva medieval. La segunda evita atribuirle, sin pruebas suficientes, todo lo que vino después.
Entre ambas se dibuja una historia más interesante que una leyenda cerrada: la de un Jaén que utilizó sus fiestas para representar el poder y que, siglos después, encontró en aquel personaje una manera de contarse a sí mismo. La memoria también tiene sus escenarios.
Redacción JAENEA360


