Antes de las casetas: cuando la feria de Jaén se medía en tratos
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Antes de las casetas: cuando la feria de Jaén se medía en tratos

La gran fiesta de octubre conserva las huellas de una ciudad que reunía ganado, mercancías y compradores mucho antes de levantar sus casetas.

Redacción de JAENEA36018 de October, 2026

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La gran fiesta de octubre conserva las huellas de una ciudad que reunía ganado, mercancías y compradores mucho antes de levantar sus casetas.

Antes de las luces, los altavoces y las mesas compartidas, la feria de Jaén fue una cita para comprar, vender y abastecerse. Su historia comienza en una ciudad cuyo calendario dependía del campo y en la que reunir compradores y mercancías significaba mucho más que organizar una celebración.

La fiesta que hoy reconocemos como San Lucas conserva esa antigua vocación de encuentro.

En la sociedad preindustrial, una feria concentraba operaciones que resultaban difíciles de realizar durante el resto del año. Los ganaderos buscaban compradores; los agricultores necesitaban animales de trabajo; los artesanos encontraban una clientela ampliada.

Caballerías, arreos, recipientes y herramientas formaban parte de un paisaje comercial en el que también circulaban noticias y relaciones personales.

En ese mundo de intercambios se sitúan las raíces de la celebración jiennense. Conviene, sin embargo, separar sus antecedentes: mercado semanal, feria anual y festejos urbanos no eran exactamente lo mismo.

El Archivo Municipal recuerda un privilegio de Enrique IV, fechado el 4 de junio de 1473, que autorizaba un mercado franco los jueves. Es un antecedente comercial, no una prueba automática de que la actual feria naciera entonces.

Durante mucho tiempo, la gran referencia ferial estuvo vinculada a agosto y a la festividad de la Asunción. La ciudad recibía a quienes acudían para cerrar negocios o adquirir aquello que necesitarían en sus explotaciones. La celebración religiosa y la actividad mercantil podían reforzarse mutuamente: la concentración de visitantes ampliaba las oportunidades de intercambio y justificaba la presencia de vendedores.

La feria también hacía visible la relación entre Jaén y su entorno. La capital no vivía de espaldas a las huertas, cortijos y caminos que la abastecían.

Sus calles actuaban como punto de contacto entre economías rurales y servicios urbanos. Cada trato dependía del trabajo de personas que llegaban desde lugares distintos y regresaban después a sus tareas habituales.

Con el paso del tiempo, la compraventa perdió protagonismo frente al ocio. Pero aquella función original dejó una herencia duradera: reservar unos días para encontrarse, reconocer a los demás y renovar vínculos.

Las casetas transformaron el escenario, no borraron esa necesidad.

Mirar San Lucas desde sus raíces comerciales permite entender que una feria no se explica únicamente por sus atracciones. También cuenta cómo una ciudad organizaba sus recursos y se relacionaba con la provincia. Bajo el ruido contemporáneo persiste la memoria de los caminos que traían a Jaén animales, mercancías y conversaciones.

Redacción JAENEA360

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