Hay recuerdos de San Lucas que llegan antes por el olfato que por la vista. El aceite de una fritura, el chocolate caliente o el dulzor de un puesto bastan para devolver a muchas personas a una feria de infancia.
La gastronomía festiva no es únicamente una relación de platos: también organiza encuentros, horarios y maneras de recorrer Jaén.
El vino dulce acompañado de barquillos ocupa un lugar reconocible en esa memoria. El gesto de detenerse y compartir una conversación importa tanto como el producto.
No hace falta convertirlo en una obligación ni atribuir a todas las familias la misma costumbre para comprender su presencia en el imaginario de San Lucas.
La feria se vive igualmente alrededor de una mesa. Los almuerzos de caseta permiten reunir a compañeros, amistades y familiares que durante el resto del año encuentran dificultades para coincidir.
El arroz, las raciones y las preparaciones compartidas ofrecen una solución práctica a esa sociabilidad: comer juntos facilita prolongar la visita.
Las migas conectan ese repertorio con una cocina de aprovechamiento extendida por la provincia. Pan, ajo y aceite componen una base sencilla que admite acompañamientos diferentes según la casa o el establecimiento.
Su relación con el mundo rural ayuda a comprender por qué determinados sabores resultan familiares incluso cuando cambian las formas de servirlos.
Conviene evitar, sin embargo, que el relato gastronómico convierta cualquier plato de feria en una receta exclusiva de Jaén.
Los flamenquines, las frituras o los dulces de puesto circulan por muchos lugares. Su arraigo local depende también de cómo se consumen y de los recuerdos que generan, no solo de una supuesta invención jiennense.
El paseo añade otro capítulo. Barquillos, garrapiñadas, algodón de azúcar o manzanas caramelizadas acompañan una experiencia más móvil, especialmente ligada a las atracciones y a las visitas familiares.
La feria permite alternar la comida pausada con esos pequeños consumos que marcan una parada.
También aparecen novedades. Los rellenos, los formatos de venta y las preferencias del público cambian.
La tradición gastronómica no permanece inmóvil: conserva algunos gestos mientras incorpora otros, y cada generación selecciona aquello que terminará recordando como propio.
El otoño proporciona un marco, pero no explica por sí solo todo el menú. Hay costumbre, comercio, disponibilidad y preferencias personales. Reducirlo a una cocina diseñada para combatir el frío sería una simplificación.
Al final, el patrimonio gastronómico de San Lucas se reconoce en una escena sencilla: alguien invita a sentarse, otro propone seguir caminando y la conversación decide cuánto dura la sobremesa.
La feria también se transmite de esa manera.
Redacción JAENEA360




