También pudiera ser
que huyéramos hacia el azul
con rumbo a un atolón
Perdido en los mares del sur…
Y el tesoro de la isla
Yace bajo algunas rimas
En la cumbre prohibida
De Vaea, en Vailima… L.E. Aute.
Stevenson, aquejado toda su vida de una grave enfermedad pulmonar, cambió la persistente humedad de Edimburgo por un clima tropical que aliviara su salud, allá por 1890. Bautizó su nueva casa como Villa Vailima (significa “ cinco aguas” en Samoano, por los arroyos que cruzan la finca) ubicada en Upolu, Samoa. Transportó sus muebles de Edimburgo y construyó la única chimenea de la isla, pese al calor del lugar, por nostalgia.
Los nativos llamaban al autor Tusitala (“el contador de historias”). Tras su muerte, lo llevaron a hombros y dieron sepultura en la cima del monte Vaea. Una de las líneas de su epitafio reza: “ aquí radica donde quiso estar”.
Estimado lector, alter ego, he querido expresar en el inicio de este camino de herradura mi querencia por el lenguaje que nos hace imaginar y sentir, a la vez rindo pleitesía a aquellos que como el gran escritor han buscado la libertad y la belleza.
Es por ello que te iré contando en sucesivas entregas las andanzas por los lugares más hermosos de nuestra tierra, de este que ahora escribe y otros caballeros, demediados o no, que eso ya lo veremos. Sí os puedo asegurar que mis compañeros de aventura me parecieron siempre piratas de alma, cubistas epicúreos, irreverentes bohemios, gentes a las que es difícil pillarle el hilo. De todo hubo en nuestro andar, de veredas ciegas y acertados caminos, risas y quebrantos, puesta el alma siempre en el otero.
Y hoy, con límbica nostalgia, mi corazón vaga infatigable por La Cola del Quiebrajano, Puerto Alto, La Pandera, Los llanos de las Navas, Otíñar, El Cárceles, Mágina, Poyos de la Mesa, El Borosa, La Toba, Río Madera, y tantos otros donde siempre me hallo.