El Ayuntamiento de Jaén ha vuelto a pedir a la ciudadanía respeto por las zonas verdes de la ciudad después de denunciar actos incívicos y daños en espacios ajardinados. El mensaje es razonable: los parques, jardines y calles son patrimonio común y ensuciarlos o deteriorarlos perjudica a todos.
Pero la responsabilidad tiene dos direcciones.
La Alameda amanecía este sábado con restos de comida, envases y basura desperdigados por diferentes zonas del parque. Una imagen difícilmente compatible con el cuidado que merece uno de los espacios históricos y verdes más representativos de Jaén. La responsabilidad inmediata corresponde, evidentemente, a quienes utilizan un espacio público como si fuera un vertedero.
Sin embargo, también existe otra pregunta legítima: ¿qué ocurre después?
En barrios como San Ildefonso, vecinos y viandantes conviven en determinadas calles con suciedad y malos olores que terminan formando parte del paisaje cotidiano.
Ahí la cuestión deja de ser exclusivamente de civismo y entra también en el terreno del mantenimiento, la limpieza y la gestión de los servicios públicos.
La conocida teoría de los cristales rotos utiliza una metáfora sencilla: cuando un cristal permanece roto y nadie lo repara, transmite la sensación de que nadie cuida ese lugar.
Esa percepción puede favorecer que el deterioro continúe. No es una ley científica aplicable automáticamente a cualquier ciudad, pero la metáfora resulta útil para explicar algo elemental: la suciedad que permanece termina normalizándose.
Jaén necesita ciudadanos que utilicen las papeleras, respeten los jardines y entiendan que la calle también es su casa.
Pero también necesita una Administración que limpie, mantenga y actúe con rapidez.
Porque pedir civismo es necesario. Mantener la ciudad limpia también lo es.
Y quizá el verdadero problema comienza cuando unos y otros empiezan a pensar que la responsabilidad siempre corresponde al de enfrente.
Chema García
